
Para que exista desilusión hay que encontrar la forma de encontrar ilusión, o al revés. Que bonito es viajar por el consciente humano, por nuestra imaginación inducida por parte de nosotros mismos. Las expectativas que creamos de nuestros proyectos nos construyen y nos transforman en lo que somos ahora, nos hacen viajar y soñar, nos modelan y aceleran el proceso de obtención de resultados abstractos e inmateriales. Un horizonte que nuestra dimensión espacio-temporal no nos da ni nos deja ver. Conseguimos no ser recipientes estancos gracias a esta forma de inventar cada día nuestro futuro y este proceso nos oculta nuestra condición de inquilinos humanos en un planeta, en continuo cambio con una meta que la realidad cada vez hace más difusa y borrosa. Tal vez se estén pensando en cobrar un alquiler por el simple hecho de nacer en este planeta, así la gente se trasladaría a Marte. Sería una solución. Hay teóricos como Zizek que titulan libros sobre Nuestras vidas desperdiciadas, generaciones de jóvenes que son residuos de su sociedad, que entran tarde al mundo laboral, sobradamente preparados para ello y con gran carga de frustración. La postmodernidad nos ha dado eso, una sobresaturación de estilos de vida que no saben cubrir de necesidades. Por lo tanto me gustaría pensar que hay un fin en si mismo en este proceso de recreación mental y espiritual, una manera de vivir más allá de las posibilidades que se ofrecen. Pero este final en el proceso, en el proyecto de vida en si mismo es ilusionante, aunque: ¿no crea ya en si una sociedad eternamente joven?. Las personas tienen miedo e envejecer pero esta condición de Peter Pan a nivel mundial, ¿no tiene relación con la condición de no tener un final, unas metas prefijadas y apoyarnos solo en este proceso mental y abstracto en la vida?. Shirrmaker, en su Complot de Matusalen, nos habla de cómo nuestro subconsciente histórico no está preparado para vivir más de treinta años. Con lo cual nos lleva a sentir que cualquier tiempo después de este es añadido y regalado. Pero ahora nuestra vida laboral empieza prácticamente a desarrollarse a esa edad, a una edad que por herencia genética deberíamos estar muertos. Por lo tanto desde un punto de vista pragmático no cumplimos con nuestros deberes como productores ni consumidores. Para nuestra sociedad el único método eficaz es cambiar la edad de jubilación a los 70 años.¿Estamos estafando a nuestra sociedad o es ella quien nos mantiene en un estado de total paroxismo y de inventiva constante de nuevos masters del universo para tenernos ocupados a fin de hacer hueco para que algún otro culo pueda entrar a formar parte de ella?. Tal vez para nuestro sistema seamos como ese chicle de fresa que se te queda en el zapato, que no lo puedes despegar, que huele bien, pero que es ajeno a ti y que por desidia o por puro as
co no te deshaces de el y piensas: ya se caerá por si solo o se quedará pegado en otra parte cuando camine un poco. Aunque ahora nos deberíamos de plantear cuantos de nosotros nos sentiríamos identificados con ese chicle rosa. ¿No es ese símil identificativo un signo de victimismo adolescente?. ¿Estamos en un proceso mercantilista de nuestra juventud y este postmodernismo consumidor posibilita el hecho de que seamos eternamente jóvenes y eternamente caprichosos con nuestra condición de pre-madurez? Tal vez sea cosa mía pero yo, antes de empezar, ya me siento un poco cansado.
D.